Chimy Ávila: El futbolista que Pamplona abraza como si fuera familia
Conocemos al ícono rojillo que ha convertido El Sadar en su segunda casa, sus momentos de magia y por qué los aficionados lo idolatran.
17 de junio de 2026

¿Quién es realmente el Chimy más allá del campo?
Si hay un nombre que resume lo que significa ser Rojillo, ése es Chimy Ávila. No porque sea perfecto — que no lo es — sino porque representa exactamente eso que buscamos en El Sadar: pasión sin filtro, garra navarra en vena, y ese abrazo terapéutico que solo el fútbol verdadero puede darte.
Chimy llegó a Osasuna hace años con ese hambre de jugador joven que quiere demostrar de qué está hecho. Y chica, ¿lo ha demostrado? Con cada gol, con cada celebración donde se tira al suelo como si acabara de ganar una Champions, Chimy nos ha recordado que el fútbol no es un trabajo — es una religión, y él es uno de nuestros santos patronos.
Lo bonito de Chimy es que juega como si estuviera en un partido de barrio en La Chantrea, con esa urgencia de quien sabe que cada balón puede ser el definitivo. No tiene esos movimientos ensayados de los futbolistas de marca: tiene arrojo, tiene verdad. Cuando marca, celebra como si le fuera la vida en ello. Y cuando falla, sufre de verdad. Eso, amiga, es lo que te hace amar a un futbolista.
Sus números hablan, pero su corazón grita más alto
Estadísticamente, Chimy ha anotado más goles de los que la mayoría de la gente recuerda, porque tendemos a romanticizar el fútbol. Pero eso que la gente no cuenta es cómo corre de banda a banda como si le persiguiera un demonio, cómo presiona al rival en defensa — sí, en defensa — como si fuera su responsabilidad personal salvar a Navarra.
En El Sadar, Chimy es leyenda viva. Y no es por ser el delantero estrella (aunque lo sea): es porque cuando corre hacia la afición tras un gol, ves en su cara que entiende qué significa llevar este escudo en el pecho. Entiende que representamos a 660.000 navarros, que somos más que un estadio, que somos un sentimiento.
¿Qué lo hace diferente en un mar de mercenarios?
En un mundo donde muchos futbolistas son básicamente ejecutivos del balón, Chimy juega como si tuviera un contrato con Navarra, no con un club. Eso suena romántico y quizá lo es, pero es la verdad. Ha tenido oportunidades para irse a otros sitios, y aunque ha marchado, siempre vuelve. Y cuando vuelve, lo hace como quien regresa a casa después de darse cuenta de que fuera no hay nada como el calor de la familia.
Sus lesiones — que las ha tenido — las ha superado con una resiliencia que debería darnos lecciones a todas. Porque en la vida, como en el fútbol, lo que te define no es caer, sino cómo te levantas. Y Chimy siempre se levanta.
Cuando ves jugar a Chimy, ves el futuro del osasunismo. No porque vaya a ser perfecto, sino porque entiende la esencia: que el fútbol es un acto de amor, y Pamplona es merecedora de ese amor sin condiciones.
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